sábado, 4 de julio de 2009

EL PALACIO CINEMATOGRAFICO DE SALTILLO

Recorriendo el Centro Histórico de Saltillo, tuve la suerte de toparme con dos pequeños complejos cinematográficos. El primero, Cine Palacio, es un cine que descansa en un antigüo edificio, que al igual que en muchas ciudades de nuestro país, por años ha sido el hogar del séptimo arte, con la diferencia a que en la mayoría han sido abandonados y convertidos en estacionamiento, contrariamente a Cine Palacio, el cual continua de pie y funcionando.

Cinema Palacio y el cine ubicado en Plaza Alameda exhiben pocas peliculas, ambos se caracterizan por estar ubicados en antigüos edificios y ambos exhibían UP como atracción principal.

Curioso, entré a Cinema Palacio y me encaminé a la taquilla, un anciano que estaba recogiendo los boletos a las personas que estaban ingresando a la sala de la función que comenzaba en unos cuantos minutos, me interceptó para advertirme que no podía ingresar al cine hasta acabarme el helado que traía conmigo, o bien, tirarlo, lejos de explicarle que mi intención en ningún momento fue el de ingresar a ver una película con el calor que estaba haciendo en la ciudad, le pregunte el costo de los boletos; 10 pesos por persona antes de las 2 de la tarde, de 2 a 6 a 15 pesos y después de las 6, las personas que quieran ingresar deben pagar 20 pesos.

Como es costumbre, los productores, realizadores, exhibidores y distribuidores siempres se han quejado de la cantidad de piratería que se produce en el país y los grandes costos que esto implica para la industria. Sin embargo, ninguno de ellos repara en las medidas que se pueden adoptar para combatirla, lejos de sólamente decretar su prohibición, esperando a que la policía, con cada operativo, confisque toneladas de piratería, que serán triplicadas en las calles a los pocos días. Todo indica que estos empresarios, en realidad creen que al eliminar la pirateria de las calles, las personas desesperadas por entretenerse, regresaran a los cines en ordas inmensas, lo que les originará ingresos estratosféricos, equivalentes a los de la pirateria.

Lo anterior, no podría estar más lejos de la realidad, con cines que están cobrando un promedio de 45 a 60 pesos por entrada, 75 por las funciones en imax y 3d y 110 por VIP, el rango de público que registran las entradas de los cines es muy bajo. Un jefe de familia, si quiere ir con sus hijos al cine a ver la pelicula de estreno, se gastará cerca de 200 pesos mínimo en las entradas, más dulces, refrescos, palomitas y estacionamiento, el costo es de 500 pesos. ¿Cuantas familias en nuestro país pueden permitirse pagar dichas sumas? Es claro que el grupo demográfico a que hoy en día están dirigidos los complejos cinematográficos es muy pequeño. En consecuencia, las familias prefieren invertir 20 pesos en una película pirata, comprar refrescos y sabritas, sentar a los niños en la sala, para que con 50 pesos en total, todos los miebros de familia puedan entretenerse juntos el sábado por la tarde.

Ahora bien, para tratar de buscar una solución, tenemos que remontarnos un poco a la historia del cine de nuestro país. Cuando las salas cinematográficas eran administradas por el gobierno, lo que se procuraba era dotar de entretenimiento a la mayoría de la población, por lo tanto, los precios eran muy populares y la gente ingresaba a las salas de cine con sus gorditas, tamales y tortas para ver una película una y otra vez, a causa de la permanencia voluntaria.

Es claro que la opción anterior tampoco puede ser del todo bienvenida hoy en día, tomando en cuenta también, que en aquellos tiempos, las películas que se exhibían, en su mayoría pertenecían a las de nuestra época de oro del cine mexicano.

El objetivo es encontrar un punto medio. Dotar a las familias mexicanas de entretenimiento barato para que no tengan que recurrir a la piratería, sin afectar (por el contrario, impulsar), las ganacias de exhibidores y distribuidores.

Lo que me recuerda una de las ponencias dentro del encuentro de documentalistas en el Festival de Cine de Guadalajara. El director del Festival de Berlin en su sección para lationoamérica, nos comentaba que en Alemania, muchos de los directores y productores que produjeron sus propias películas las distribuían por los cines populares de todo el país, los cuales eran administrados por el gobierno o por pequeños empresarios, con quienes era fácil cerrar tratos de comercialización en bajo rango.

Estos cines exhiben las películas de estreno con una o dos semanas posteriores al estreno, carecen de asientos de piel reclinables y sonido thx, pero están dotados de sillones comodos, de grandes pantallas y de audio digital al cual pueden acceder las familias a bajos costos, sumado a una dulcería que también cuenta con precios económicos, pero que en ningún momento, reproduce los mercados de mediados del siglo pasado, en que se convertían los cines.

Este es el caso particular del Cine Palacio en Saltillo. Es un cine económico, que permite el ingreso de familias completas a ver una pelicula de estreno a bajo costo, lo que sin duda ha insentivado a los jefes de familia a salir de sus casas y ver una pelicula con sus hijos en la gran pantalla, en lugar de quedarse en sus casas a ver la misma pelicula pirata, en una pantalla diez veces más pequeña y con una inversión similar en dinero.

La creación y difusión de este tipo de cines debería de ser una prioridad para el gobierno y para las grandes cadenas de exhibidores y distribuidores cinematográficos, con la finalidad de combatir la piratería. Su condición particular les permitiría desarrollarse en centros de concentración tradicionales (centros históricos, en donde de hecho, varios edificios donde se encontraban los cines anteriores, permanecen). La lógica indica que deberían de ser concesionadas a pequeños empresarios con apoyos iniciales de índole privado y/o gubernamental. Lo que permitiría, a demás de exhibir peliculas de estreno un par de semanas posteriores a su premiere nacional, el que jóvenes cineastas pudieran exhibir sus proyectos de largometraje , debido a que ahora estarían facultados para negociar directamente con los exhibidores, la distribución de los ingresos de sus películas por su exhibición.

Por último, permitiría al gobierno, realizar una serie de recopilaciones de cortometrajes de autores noveles (mediante concurso), para que fueran exhibidos en este circuito.

Todo lo que se necestia es comprender un poco la sociedad en la que nos vemos inmersos y de ahi buscar soluciones, las prohibiciones por mandato unilateral, generalmente no ayudan a combatir problemas, solo a ocultarlos y menospreciarlos.

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